Historia

Orígenes
 
    La devoción y culto a la Santísima Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora de Montserrat, traído a la ciudad por los catalanes instalados en Sevilla para el comercio con América, está en el origen de esta Hermandad. Así se pronuncia Santiago Montoto, datándola a fines del siglo XV como Hermandad de gloria o de luz. El historiador González de León data sus orígenes a principios del XVI. Bermejo y Carballo considera su nacimiento a finales del citado siglo.
 
     Siglos XVII y XVIII
 
      Las primeras Reglas como Hermandad de Penitencia fueron aprobadas por la Autoridad Eclesiástica, concretamente por el canónigo D. Antonio Luciano de Negrón, gobernador sede vacante, el día 10 de abril del año 1601. En el archivo de la Hermandad se conserva una copia de estas reglas, en un valioso ejemplar datado cien años más tarde, en 1701, que transcribe literalmente las originales.
      En estas Reglas ya se prescribía la estación a la Santa Iglesia Catedral en la tarde del Viernes Santo, con cofrades de sangre y de luz. La túnica de los hermanos se describe con exactitud:
” todos los hermanos así de sangre como de luz an de llevar túnicas i capirotes llanos de lienso blanco i escapularios azul i un escudo con un monte Calvario i dos ángeles ensima con una sierra i en el Buen Ladrón i en la procesión an de llevar un paso de el dicho escudo i una imagen de Nuestra Señora i un Christo crucificado (…)” (introducción a los capítulos).
      La Junta de Gobierno se elegía anualmente, estando compuesta por dos Alcaldes, un Mayordomo, ocho diputados, Veedor, Prioste y Escribano. Asimismo existía un Muñidor o criado asalariado de la Hermandad.
  La Hermandad de Penitencia se constituyó en la Iglesia Parroquial de San Ildefonso, predominando los vecinos de la zona, entre ellos numerosos curtidores, boteros y odreros, oficios relacionados con la vecina Carnicería (en la actual plaza de la Alfalfa). Allí permaneció hasta el año 1650, en que acordó trasladarse a la Iglesia de San Pablo de los Padres Dominicos, al parecer por las molestias que ocasionaban unos baños públicos contiguos a la Capilla que ocupaba en San Ildefonso, quedando afectados por la humedad los enseres de la Hermandad. Curiosamente los beneficiados de la Iglesia de San Ildefonso se negaron al traslado de la Cofradía de Montserrat al Convento de San Pablo. Con tal motivo, y dada la actitud intransigente de los citados beneficiados, el Provisor del Arzobispado otorgó un mandamiento con fecha 16 de noviembre del año 1650 , amenazando con pena de excomunión al que se negase a esta traslación.
      De los orígenes catalanes de la Hermandad habla un elocuente dato: el 5 de febrero de 1611 se produce la agregación de la Cofradía al Monasterio de Nuestra Señora de Montserrat en Cataluña.
      En 1650 la Comunidad del Real Convento de San Pablo otorgó a la Hermandad escritura de cesión de un solar en el compás del referido convento para edificar la nueva Capilla, que se concluyó en el año 1656. La Cofradía adquirió auge a mediados del siglo XVII, al trasladarse a San Pablo. Comenzaron a ingresaron en ella los mercaderes de lienzos, sosteniendo el culto y gastos de la Hermandad. El historiador Bermejo señala que “la procesión del Viernes Santo, con los intervalos propios de los tiempos y de las circunstancias salió hasta el año de 1761”.
      Paradójicamente fue el propio gremio de mercaderes de lienzo el que provoca la decadencia de la Cofradía. A partir de 1761 el gremio se subroga en la propiedad de la Capilla, las imágenes y enseres de la Cofradía, manteniendo sólo los cultos internos. El historiador González de León, en su “Historia Crítica y descriptiva” menciona la venta del “magnífico paso del Señor construido por Montañés” a la Hermandad del Valle, en 1804, así como la enajenación de varas y las  
insignias.
 
     Siglo XIX: Reorganización y esplendor
 
En la Semana Santa de 1849, varios jóvenes devotos, considerando que la Hermandad no estaba canónicamente extinguida, se propusieron su restablecimiento.  
Según testimonia Bermejo, el Capellán D. Luis Salvatella recurrió al Prelado, pidiendo su autorización para la recepción de hermanos; y una vez obtenida se recibieron de hermanos el día 13 de mayo del mismo año, celebrándose seguidamente “elecciones de oficios”, quedando reorganizada la corporación. El gran obstáculo a la reorganización, providencialmente salvado, fue la oposición del gremio de mercaderes de lienzos, que pleiteó con la Hermandad por la propiedad  
de la Capilla y las Imágenes, ante la Jurisdicción Civil. El pleito fue ganado por la Hermandad en 1850, el mismo año en que se aprueban las nuevas Reglas, concretamente el 22 de marzo.
      Los hermanos reorganizadores supieron sin duda situar en el lugar adecuado a la renacida Hermandad en un brevísimo intervalo de tiempo, valiéndose para ello del apoyo de la burguesía local que arropaba a la pequeña Corte de los Montpensier. Ese patrocinio fue fundamental: el día 7 de marzo de 1851, y en el Palacio de San Telmo, fueron nombrados Hermanos Mayores Perpetuos los Serenísimos Señores D. Antonio María de Orleáns y Doña Luisa Fernanda de Borbón, Duques de Montpensier. Asimismo el Arzobispo de Sevilla, Cardenal Judas Tadeo Romo acepta su nombramiento como protector de la Cofradía. Con posterioridad, el 4 de diciembre de 1853, en el Palacio de San Telmo, fue nombrada S.M. la Reina María Amelia, madre del Duque de Montpensier, Protectora de la Cofradía y Camarera de la Santísima Virgen.
       En la tarde del Viernes Santo de 1851 volvió a efectuar Estación de Penitencia a la Santa Iglesia Catedral, con 150 hermanos, cifra muy elevada para la época, alcanzando gran esplendor. Los Duques de Montpensier se incorporaron a la comitiva en la Plaza de San Francisco. Los nazarenos vistieron túnicas blancas de cola y antifaz azul de merino. Estrenó ambos pasos.
Los años que siguen a la reorganización (1850-1868) se caracterizan por la fuerte vitalidad de la Hermandad, que consolida un notable patrimonio y acuña su propia imagen romántica que todavía hoy perdura.
      En el año 1856 recibió carta de hermandad de la Esclavitud de Nuestra Señora de la Merced, de la ciudad de Cádiz.  En el año 1858 la Cofradía incorporó un cuerpo de soldados romanos, formado por veinte hermanos y dos cornetas, que acompañó al paso del Santísimo Cristo de la Conversión. Desconocemos actualmente el período de tiempo en que se mantuvo dicho acompañamiento.
      Otras innovaciones en la constitución de la Cofradía llegaron a perpetuarse. Así, en la Estación de Penitencia de 1859 formó parte del cortejo, por vez primera, una joven representando a la Santa Mujer Verónica. En el año 1865 se incorpora en la procesión la representación simbólica de la Virtud Teologal de la Fe, encarnada igualmente por una joven. Desde entonces ambas figuras se han convertido en elemento distintivo y signo tradicional de nuestra Hermandad,  
pasando hasta nuestros días, en que hermanas de la Cofradía asumen con ilusión esta forma singular de realizar la Estación de Penitencia.
       Desde la década de 1860 la Hermandad procesionó con tres pasos. En el primero de ellos, de carácter alegórico, se representaba a San Isaías escribiendo su profecía. La imagen de San Isaías, que se conserva en la Capilla, es obra de Vicente Hernández Couquet (1861). En 1865 se estrenaba el palio de la Virgen, que con ciertas reformas, aún permanece.
       En la tarde del Viernes Santo de 1899 el paso de la Virgen sufrió un incendio como consecuencia de la caída de uno de los cirios, al pasar por la calle Murillo.  
Los daños fueron grandes en lo que se refiere al manto, que hubo de ser hecho de nuevo, aprovechando los bordados que pudieron rescatarse. La Imagen de la Virgen, que no sufrió graves desperfectos, fue restaurada por Gutiérrez Cano.
 
     Siglo XX
 
      En el siglo XX la Hermandad supo mantener la línea adquirida en la segunda mitad del XIX, época en que llegó a ser una de las “grandes” de Sevilla. Así, ha sabido conservar su tradicional sello, incardinada en el corazón de uno de los sectores más cofrades del centro de la ciudad.
      Desde mediados de siglo el crecimiento de la Hermandad ha sido continuo y progresivo, tanto en el número de hermanos como en la vida interna. El mantenimiento y restauración de su rico patrimonio ha sabido conjugarse con la realización de nuevos enseres de interés artístico. En 1939 la Hermandad se trasladó a su actual Capilla, situada a escasos metros de la anterior, en el mismo es-compás del Convento de San Pablo.
      En el año 2001 fue celebrado con todo esplendor el IV Centenario de sus primeras reglas, con un programa de Cultos extraordinarios y actos culturales y conmemorativos.
Al comenzar a trabajarse en la reorganización de la Hermandad, se buscó el mecenazgo de los Duques de Montpensier, que habían instalado su residencia en Sevilla, en el Palacio de San Telmo, antigua sede de la Universidad de Mareantes (actual sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía).
      La petición de ingreso como hermanos mayores se fecha en 22 de diciembre de 1850, y la respuesta no se hace esperar: el día 7 de marzo de 1851, y en el Palacio de San Telmo, fueron recibidos como Hermanos Mayores Perpetuos Dña. María Luisa Fernanda de Borbón, Infanta de España, y el D. Antonio María de Orleáns, Duque de Montpensier. Bajo la presidencia de los Duques la Hermandad encontrará benefactores y recibirá el apoyo de la burguesía local que arropaba a la Corte de San Telmo. Por su parte D. Antonio de Orleáns apoyó a esta, y a otras hermandades, fiel a su ideal pragmático de aunar tradición y progreso.
      La relación de los Montpensier con Montserrat, tal vez artificial en sus orígenes, llegará a ser afectuosa y sincera, como corresponde a unos verdaderos Hermanos mayores honorarios, tal vez por el propio protagonismo que tuvieron desde la refundación de la Cofradía. Así lo atestigua el archivo histórico de la Hermandad: visitan las Sagradas Imágenes en la intimidad de la capilla, participan en los Cultos solemnes de Quinario y Novena, presiden la Cofradía al pasar por la Plaza de San Francisco, acuden a contemplar los pasos con anterioridad a la salida procesional, y reciben con cierta asiduidad a los miembros de la Junta en Palacio. Los Duques colaboran asimismo a los estrenos de enseres de la Hermandad. Incluso encargan lienzos al óleo que testifican la procesión del Viernes Santo: el tránsito de la cofradía por la calle Génova, en sus dos conocidas versiones del pintor Manuel Cabral Bejarano, constituye uno de los primeros testimonios de pintura temática de Semana Santa sevillana.
      Con los Duques la relación se extenderá a otros miembros de la ilustre familia. Dos años más tarde, el 4 de diciembre de 1853, y en el mismo Palacio de San Telmo, fue nombrada Protectora y Camarera Perpetua de la Cofradía S.M. la Reina María Amelia de Borbón-Dos Sicilias, madre de Montpensier y viuda de Luis Felipe de Orléans, el rey burgués de los franceses. Se conserva en el archivo un oficio en que la Reina viuda, nombrada Camarera de la Imagen, ofrece a Nuestra Señora de Montserrat un aderezo o broche de brillantes.
       La relación con la familia Montpensier se perpetuó con su nieta, la infanta Luisa de Orleáns y especialmente con el esposo de ésta, el Infante Don Carlos de Borbón, que fue Hermano Mayor efectivo en el largo período que transcurre entre 1909 y 1949. A los cultos y salida procesional les acompañaban sus hijas, las infantas Isabel Alfonsa, Esperanza, y María de las Mercedes, Condesa de Barcelona, que fue nombrada Camarera Honoraria Perpetua. Así surgirá la vinculación con la Casa Real, que hoy se mantiene honoríficamente en la persona de Su Majestad el Rey de España, D. Juan Carlos de Borbón y Borbón, Hermano Mayor Honorario Perpetuo. No en vano el abuelo materno del actual Rey de España, rigió los destinos de la sevillana Hermandad de Montserrat durante más de cuarenta años, incluidos los años republicanos.
La escritura de agregación de la Hermandad sevillana a la Cofradía de Montserrat del Monasterio de Cataluña.
     El día 5 de febrero de 1611, el Escribano de Sevilla Pedro de Almonacir extiende y signa una escritura en la que da fe pública de la agregación de la  corporación hispalense a la “Casa y Cofradía de Nuestra Señora de Monserrate en su Monasterio de Cataluña”.
      El documento se inicia transcribiendo el poder notarial que ostenta Fray Juan de Salazar, un monje del Monasterio catalán residente temporalmente en el  Monasterio de San Benito -“que es fuera é cerca de esta Ciudad de Sevilla, en la Calzada de la Cruz”-, en el que es comisionado para pedir, recibir y cobrar todo tipo de limosnas “que las devotas Españas ofrecieren a Nuestra Señora de Monserrate para el sustento de aquel Santuario” y procedentes de “cualesquiera Ciudades, Villas e Lugares de Andalucía”.
       Estas limosnas, según se expresa en la escritura, iban destinadas al servicio del Monasterio benedictino y al de los monjes ermitaños que habitaban las cimas del macizo montañoso, así como al sustento de los clérigos y frailes, y aun al de los peregrinos que acudían a impetrar el favor de la Santísima Virgen María, cuya milagrosa Imagen ya había sido cantada por las Cantigas alfonsíes. El poder se extiende a la recepción de nuevos hermanos “ansi hombres como mugeres” en la Cofradía de Nuestra Señora de Monserrate que existía en el monasterio, una institución al parecer procedente del lejano año 1223 .
      En los inicios del siglo XVII Montserrat se consolidaba como gran centro de espiritualidad y fervor mariano, con una notabilísima proyección de la devoción por Europa -especialmente Bohemia y Austria-, por la España peninsular reinos de Castilla y Aragón y por las Indias occidentales.
      La escritura que conserva la hermandad en su Archivo, asegura a los entonces cofrades sevillanos (y a los que habríamos de serlo en el futuro) el lucro de todas las gracias espirituales, “indulgencias y perdones” que los Sumos Pontífices habían otorgado al celebérrimo santuario (y las que pudieran sobrevenir).
       Este vínculo estrictamente eclesiástico atestigua además una histórica relación entre el Principado de Cataluña y Andalucía en el crisol común de esas “devotas Españas” a las que se refiere el texto, pero sobre todo nos habla de una antiquísima devoción a Santa María , extendida desde su montaña serrada a tierras muy lejanas.